- Juan Fontaine Correa, fundador y CEO de Accionet
Hay un problema que pocas empresas mineras reconocen en voz alta, pero que casi todas han vivido en algún punto de su trayectoria. Cada vez que un profesional en terreno se va -ya sea por despido o renuncia- desaparece también una parte clave del trabajo.
Esto pasa en faenas del norte y centro del país, en operaciones grandes y medianas, en organizaciones con departamentos de sostenibilidad consolidados y en otras que recién están formándose. Y ocurre porque en muchos territorios, el registro sigue siendo algo que no se integra a un marco corporativo global y compartido por todos.
Ejemplos hay varios: observaciones que no se registraron formalmente; acuerdos con la comunidad que existían sólo en la memoria del relacionador que partió; alertas ambientales que estaban siendo monitoreadas de manera informal; o el diagnóstico social que tomó meses construir y que nunca se sistematizó en ningún lugar que no fuera una carpeta en el escritorio de alguien que ya no trabaja en la compañía.
El problema detrás de todo esto es la falta de unificación. Muchas organizaciones no han construido sistemas que permiten que el conocimiento sobreviva a quienes lo generan. Cuando la información vive en planillas Excel que se comparten por correo, en cuadernos de terreno llenados a mano, en conversaciones de WhatsApp o en presentaciones PowerPoint que no conversan entre áreas, la empresa está apostando a que las mismas personas sigan estando ahí mañana. Y esa es una apuesta que, en el mundo laboral actual, casi siempre se pierde.
El costo de esta fragilidad es difícil de cuantificar con precisión, pero se siente en múltiples dimensiones. En contextos donde los equipos cambian constantemente por contratos a plazo, alta demanda de profesionales especializados, o por traslados internos, la falta de continuidad es, en la práctica, un reinicio constante con consecuencias reputacionales, regulatorias y económicas.
Y ante esta necesidad de conocimiento centralizado, la tecnología empieza a jugar un rol estructural. Hoy existen en el mercado soluciones que apuntan precisamente a dar trazabilidad a lo que ocurre en el territorio, consolidar datos medioambientales y sociales en tiempo real, y asegurar que la información no dependa de quién esté -o no esté- en terreno. De esta manera, cuando un nuevo profesional llega a la faena ingresa a un sistema vivo con el historial completo de compromisos comunitarios, las alertas ambientales vigentes, los indicadores que han evolucionado en el tiempo y los proyectos sociales con su desempeño documentado.
Esto no es magia. Es simplemente un diseño creado con la premisa de que el conocimiento territorial es un activo corporativo en vez de un atributo personal de quienes trabajan en ella.
Cuando los datos dejan de vivir en planillas y pasan a ser parte de un sistema inteligente, algo importante cambia: la operación deja de partir de cero y comienza, por fin, a avanzar sobre lo construido. El turno siguiente no hereda el caos del anterior: hereda su aprendizaje.
Esa es la diferencia entre una empresa que gestiona territorios y una que simplemente los habita. Las que logran sostener y proyectar su conocimiento no solo operan mejor, construyen confianza, anticipan conflictos y generan relaciones de largo plazo.
